martes, 18 de febrero de 2014

Sidi Bou Said y Chefchaouen: dos hermanos separados


Ambos viven en el Norte de África, pero en países diferentes. Uno en Túnez, otro en Marruecos. Uno tiene a sus pies el luminoso Mediterráno;  el otro se enclava, a media altura, en plena cadena del Rif; el aire del mayor es algo más mundano, interior, con sus modestas viviendas de color tierra a las alrededores; el del pequeño es más refinado, anexo a una urbanización de lujo y un coqueto puerto deportivo; ambos presumen de su amplia historia y de su fantástico estado de conservación.

1456 kilómetros y casi un día entero de viaje en coche les separan, pero su sangre azul y blanca les hermana, haciéndolos tan semejantes a los ojos del ajeno como, en cierta manera, las naciones a las que pertenecen. Rivalizan, sin saberlo, en belleza y en atractivo, más aún cuando sus poderes son similares: la fuerza radiante de sus colores, tan intensos que llegan a hacer daño a la vista en un día soleado; sus labradas puertas de color azul; la calma que se respira al pasear por sus cuidadísimos y pequeños cascos históricos; sus escaleras empinadas e irregulares, sus callejones, sus cuestas; la calma relativa de sus inevitables zocos. Son un oasis de paz y tranquilidad en sus respectivos y caóticos países, su nota discordante y, sin embargo, posiblemente la más hermosa.

Son Sidi Bou Said, en Túnez, y Chefchaouen, en Marruecos.

lunes, 10 de febrero de 2014

San Sebastián: la perfección cuesta lo suyo






Subiendo al Monte Igueldo y contemplando desde allí la espectacular playa de la Concha, la ciudad que nace en su misma orilla y los montes que la circundan uno tiene la sensación de que está ´viviendo´ una postal. Es la postal de San Sebastián, una de las ciudades españolas más bonitas tanto por su casco urbano como por su entorno y, sin duda, la más elegante y cuidada de todas ellas. Tanto que parece un municipio que por estética encajaría más en Francia –de la que sólo le separan 20 kilómetros- que de nuestro país.
La perfección existe en San Sebastián, o casi. Sus playas limpias y de arena fina, enclavadas en un paisaje espectacular (especialmente la de La Concha, aunque Zurriola también se encuentra en un lugar agradable); su paseo marítimo amplio, cuidado y plagado de flores.. y de palacetes y hoteles de lujo; la limpieza de sus calles, su bonita catedral neogótica del Buen Pastor; el verde que todo lo rodea; sus alrededores plagados de monte, por los que realizar senderismo y desconectar; su casco histórico, un lugar perfecto para degustar unos ricos pintxos y escapar de tanto orden y tanta calma; el ambiente agradable, de alegría tranquila, que se respira…
Demasiado perfecta. Hay que buscarle algún defecto, más allá del tópico (real, eso sí) del mal tiempo que hace en ocasiones y que puede llegar a arruinarte un fin de semana o unas vacaciones allí (por fortuna, Internet ha minimizado el riesgo). Es el precio que los donostiarras deben pagar por disfrutar de ese espectacular paisaje pintado de verde.
Por desgracia, el mayor lunar que presenta Donosti para el visitante medio es la realidad de que se trata de una ciudad elitista económicamente. Su nivel de vida es elevado, y los precios suben con él. Aparcar resulta caro, la gastronomía y el alojamiento también -especialmente en verano-. La vida es cara en San Sebastián, y no hay demasiadas opciones para los presupuestos ajustados. Es el precio de la (casi) perfección.

viernes, 19 de abril de 2013

Yucatán: Caribe y cultura milenaria

Si, es cierto que se ha convertido en un espacio un tanto artificial por culpa del turismo de masas, al que contribuí yo también al alojarme en el mejor hotel en el que he estado en mi vida, un megacomplejo de siete restaurantes, dos piscinas, selva propia y playa privada en pleno Mar Caribe. Pero también es verdad que se comprende la razón de tanto poder de convocatoria. La península mexicana del Yucatán, apodada con el cursi apelativo de ‘La Riviera Maya’, presume de unas playas espectaculares, de arena fina y blanca y agua azul turquesa, y del inmenso, impresionante y extensísimo legado arqueológico que ha dejado una de las mayores civilizaciones que ha conocido la Humanidad: los mayas.

Son las dos principales armas de esta increíble zona del Sureste mexicano, pero no las únicas: la exquisita comida, la densa selva que lo invade todo, los increíbles cenotes (lagos de agua subterránea), las ciudades coloniales (Valladolid, Mérida), la extensa oferta de ocio tanto de relax como de aventura, el sol que nunca descansa, las aldeas que te reencuentran con el verdadero México, la hospitalidad y simpatía de la gente -en algunos casos forzada para sacar algún que otro peso-, la extensísima, colorida y peculiar (para un europeo, claro) fauna tanto terrestre como marina, el lujo al alcance a un precio razonable… son motivos de sobra para comprender el gran poder de atracción de este lugar. 

¿Cuál es la pega, entonces? Pues la que suele haber en los espacios tan frecuentados: la pérdida de identidad cultural, la masificación, la concentración de turistas que sólo piensan en bebida y playa, la sensación de ‘parque de atracciones’, el excesivo peso del dinero, el deterioro de inmensas áreas naturales para construir megahoteles… Todo eso provoca que el visitante medianamente inquieto necesite salir del Disneyworld en el que se ha convertido el Yucatán y acercarse al México real. Pero todo tiene una solución: si alquila un coche, como fue mi caso, tendrá en su mano conocer mucho más de cerca la esencia de este maravilloso país de habla hispana, personalidad única y riquísima cultura.

Vamos a dejar de lado los supercomplejos hoteleros para acercarnos a lo realmente valioso de la Península del Yucatán. Empezando por la cultura azteca, que ha dejado allí joyas en forma de las colosales ciudades de Chichén Itzá, Cobá o Tulum, que no se pueden dejar de visitar. La bonita y fantásticamente conservada Ek Balam es otro extraordinario lugar, así como la grandiosa Uxmal.

Chichén Itzá es uno de los espacios históricos más conocidos del mundo, un área gigantesca en medio de la selva plagada de templos increíblemente conservados que nació en el siglo VI d.C. en honor al dios Kukulcán, quien preside el sitio. La palabra “impresionante” se queda corta para definir qué se siente al pasear inmerso en el vivo rastro de una civilización tan rica, tan poderosa, tan importante en la historia de la humanidad. Por desgracia el “momento zen” se suele interrumpir cada dos por tres por culpa de algún grupo de turistas haciendo el tonto o a causa de las llamadas de una multitud de vendedores más pesados que una vaca en brazos. Es el precio que hay que pagar por encontrarse en uno de los sitios más populares del mundo… De cualquier manera, imprescindible la visita a Chichén Itzá, de la que destacan el Templo de Kukulcán, el de las Mil Columnas y el estremecedor Cenote Sagrado, gigantesco agujero en la tierra que vio en el pasado miles de sacrificios a los dioses. 

Cobá no es tan popular ni mucho menos como Chichén Itzá, pero presume de ser más auténtico. Escondido en medio de una frondosísima selva que abarca hasta donde alcanza la vista, es otro enorme vestigio arqueológico plagado de templos. No está prácticamente reconstruido, el entorno natural en el que se encuentra se ha mantenido intacto y la afluencia de público es relativamente escasa, lo que le otorga una mayor sensación de realidad. Subir a su pirámide principal y contemplar desde lo alto las ruinas de esa increíble civilización escondidas en el frondoso bosque fue quizás lo más emocionante de lo mucho emocionante que viví en México.

La trilogía de visitas arqueológicas se cierra con Tulum, que sin llegar al valor arqueológico y la extensión de las dos ciudades anteriores presume en cambio de encontrarse en un lugar privilegiado: a orillas del famoso Mar Caribe, que baña las ruinas generando un cuadro impresionante que aúna belleza natural y arqueológica como en ningún sitio que recuerde. Otra experiencia increíble fue bañarse en el agua azul verdosa de una playa de arena blanca y fina con un templo maya a la vista asomándose al mar. Y eso sólo se puede conseguir en Tulum. Por cierto, el lugar está plagado de iguanas, curiosos y tranquilos animales (a los ojos de un europeo) que se mueven calmadamente entre las ruinas o toman el sol como si nada fuera con ellos. A más de uno le generan aprensión; a mí me resultaron muy simpáticos.

El intenso calor se hace sentir a todas horas, incluso aunque sea invierno. Por eso, la mejor manera de refrescarse (en lugar de esperar a que caiga sobre ti una impresionante tormenta tropical) es bañándose en las lagunas de uno de los miles de cenotes que han convertido esta Península en un queso de gruyere. Empezaremos por definir lo que es cenote, una depresión geográfica -en maya significa “caverna con agua”-, y acabaremos por señalar que la mayoría de ellos están enclavados en entornos mágicos con características comunes: agua cristalina y fresca, exuberante vegetación, rotundas rocas verticales alrededor y una iluminación especial. Bañarse en uno de ellos, o en varios, genera una increíble sensación -por la temperatura y la belleza del entorno- y refresca al viajero para volver a enfrentarse con ganas al calor de México. El más conocido es el de Ix-Kil, cerca de Chichén-Itzá, pero hay muchísimos para elegir en el Yucatán.

Una manera de acercarse al México real, algo que en ocasiones se echa en falta en esta región, es visitando una ciudad con historia, como puede ser el caso de Mérida o de Valladolid. En estas alegres y vivas urbes se puede de verdad conocer el modo de vida mexicano, acercarse a sus costumbres o contemplar su arquitectura colorida tanto en las calles como en las iglesias. Paseándolas se reencuentra uno con la esencia del país que tan escondida está en la Riviera Maya. 

Cancún, por supuesto, no tiene nada que ver. Es un municipio moderno, turístico, hiperpoblado (sobre todo, de extranjeros y mexicanos con dinero) y sin encanto histórico aunque con muchos atractivos para los hedonistas: playas gigantescas, casinos, discotecas, yates… hablando de barcos, desde allí parten cruceros hasta la cercana y agradable Isla Mujeres, que supone una buena excursión de menos de una hora.     

No podemos dejar de lado la obligación de hacer buceo en México. Acostumbrado a ver ‘cuatro sardinas’ en el Mediterráneo o el Atlántico, quien observa el mundo submarino por primera vez en el Caribe se encuentra ante otro planeta: un maravilloso “collage” de peces de mil colores y tipos pueblan los cristalinos fondos, que a su vez lucen todavía más gracias al atrayente verde fosforito de la barrera de coral. El espectador se sumerge, nunca mejor dicho, en un mundo onírico que jamás ha imaginado por mucho documental que haya podido ver antes y del que no quiere salir. Otro de los millares de momentos mágicos que ofrece una visita al Yucatán.

También se puede hacer buceo en los conocidos Xcaret o Sel-ha, especie de megaparques de atracciones acuáticos que cuentan con la peculiaridad de que dan al mar y que ofrecen múltiples posibilidades de ocio (incluida la típica, nadar con delfines), salir de marcha en ciudades modernas y turísticas como Playa del Carmen, recorrer en un jeep Sian-Kan, vasta y semidesierta reserva de la naturaleza plagada de manglares y playas, atravesar la poblada selva o acercarse a las pequeñas aldeas que te reencuentran con el pasado, con los orígenes de los que a veces reniega, por culpa del poder del dinero, esta zona de México. O disfrutar de la comida, que recuerda en parte a la mediterránea: sana, sabrosa, con predominancia del pan, la carne, la verdura y la fruta… aunque con el gusto por el picante tradicional en este país. Así es esta maravillosa región que tiene prácticamente de todo y que despierta los sentidos del visitante a cada segundo.


domingo, 31 de marzo de 2013

Tenerife: todas las Islas Canarias en una


 
12 reportajes ya en este blog y no había hablado aún de las maravillosas Islas Canarias, un crimen que no dejaré pasar una semana más.  Esta Comunidad Autónoma española rodeada de Atlántico por todos lados es una región especial, mágica, tan diferente a todo en la Península y por otro lado tan nuestra, que puede presumir además de una personalidad propia, de un sello diferencial. Desde que visité las Islas Afortunadas (qué nombre tan apropiado) por primera vez ya he estado allí en cinco ocasiones, y las que me faltan. Desde el primer momento me engancharon las Canarias, con las que me une desde entonces no una vinculación familiar ni cultural, sino un lazo mucho más importante aún: el emocional.

Es difícil llegar a las Canarias y no encariñarse con ellas: sus paisajes imposibles modelados por el vulcanismo, su inmensa variedad natural, sus especies endémicas, sus playas repletas de vida, su arquitectura colonial, sus papas con mojo, su eterno clima de verano suave, su música relajante,su tranquilidad y alegría. Y, sobre todo, su gente, que es también parte del fantástico patrimonio del que pueden presumir las islas. Gente tranquila, bondadosa, sencilla, que mira siempre la vida con calma y una sonrisa en la cara; gente que te hace sentir como en casa, que transmite siempre un modo de ver la vida envidiable para el peninsular (o godo, como nos llaman los isleños). Sumergirte en las Canarias supone así bajar las revoluciones, relativizar los problemas y mirar la vida con optimismo, aunque sea por unos días: un efecto tila que genera endorfinas, en definitiva.

Mi puerta de entrada a las islas fue Tenerife, y resultó un acierto la elección: esta ínsula, la mayor del archipiélago, es todas las Canarias en una, pues concentra y sintetiza en su paisaje, clima, arquitectura y gente todas las virtudes de las también maravillosas islas que la rodean. Su corona de reina de las Canarias (perdón a los grancanarios) la pone el grandioso Teide, el monte más alto de España, que vigila y domina a las otras islas y al Océano Atlántico por encima de un casi perpetuo mar de nubes.

Sin embargo no se puede dejar de lado la realidad de que no todo en Tenerife es perfecto, como en cualquier lugar. La cara sur de la isla resulta estéticamente fea -un amplio, aburrido y anodino escenario de color terroso- y el turismo de masas y la especulación urbanística en algunas partes han alterado su esencia y deteriorado su entorno.

Quedémonos mejor con lo bueno, con todo lo increíble que esta isla tiene que ofrecernos. Dejaremos de lado, eso sí, la mitad sur de la misma, una inmensa masa de tierra y piedra de color marrón que conforma un paisaje anodino, seco y sin interés. Si acaso citaremos las buenas playas del suroeste -Las Américas, Los Cristianos-, que están plagadas de alemanes, ingleses y megaestructuras hoteleras; las supuestamente antiguas pirámides de Güimar, que resultan ser un fraude pues su origen data simplemente del siglo XIX; y alguna localidad costera interesante y agradable como es el caso de Candelaria, donde se encuentra la patrona de las Islas Canarias. Tampoco nos detendremos demasiado en la capital, Santa Cruz de Tenerife, un amplio municipio costero que no llama la atención ni por bonito ni por feo aunque cuente, como toda capital que se precie, con numerosos puntos de interés: la Plaza de España, el Auditorio, museos, iglesias y playas cercanas…

Pero vamos con lo realmente interesante a mi juicio (y al de muchos) de la isla: la cara norte, que gracias a su diferente clima –la gran barrera del Teide resulta decisiva- presenta un aspecto totalmente diferente al sur: una frondosa vegetación que forma suaves lomas, que siempre con el gigante vigilando descienden hacia el revuelto Atlántico. Dragos (el símbolo de las Canarias), plataneras, tabacaleras, cactus y diversidad de especies vegetales y campos de cultivo pintan de verde el paisaje de la preciosa zona norte tinerfeña.  

Empezamos nuestra visita norteña dando un paseo por La Laguna, antigua capital del país y cuya belleza, historia y armonía sonrojan a la cercanísima Santa Cruz. Se trata de un municipio agradable y tranquilo, prácticamente llano, empedrado y plagado de casas de colores de estilo colonial que recuerdan inevitablemente a Hispanoamérica (muchas veces se tiene esa sensación en las Canarias). San Cristóbal de La Laguna, núcleo urbano más antiguo del Tenerife merced a sus 500 años de vida y Patrimonio de la Humanidad es un perfecto lugar para una vuelta relajada y contiene además muchos edificios de interés cultural tales como la Catedral, la Iglesia de la Concepción, el museo de la Ciencia y el Cosmos y el de la Historia, El Palacio de Nava, la Plaza del Adelantado, el Santuario San Francisco de Venara o sus numerosas casas señoriales.

Salimos de La Laguna y cambiamos de tercio, pasando de una ciudad interesante a la naturaleza salvaje que desborda la Península de Anaga, al noreste de Tenerife. Se trata de un área increíblemente frondosa y montañosa, envuelta a menudo en una densa niebla, que además se mantiene prácticamente virgen al no haber caído en las redes del turismo. Sólo algunas poblaciones pequeñas aparecen en el exceso de paisaje de una zona perfecta para realizar senderismo entre la montaña y el mar.

Nuestro siguiente destino, yendo hacia el oeste, es el Puerto de la Cruz, agradable población de tamaño mediano que no ha perdido su encanto pese a su fuerte poder de atracción turística. Pegado al mar, en lo más bajo del suave aunque inmenso descenso de color verde desde el rey Teide, es un municipio que mezcla de una manera equilibrada el urbanismo moderno y el antiguo, la vanguardia y la tradición, su carácter canario con la influencia foránea. El casco viejo, las fortificaciones defensivas, el puerto o el Loro Parque son algunas de sus atracciones, pero su mayor baza es Playa Jardín, una bonita ensenada de arena negra custodiada por un mar de vegetación. La mejor playa de Tenerife en mi opinión, por el lugar en sí y por sus bonitas vistas.

Un poco más arriba se encuentra La Orotava, que da nombre al valle que acoge ambos municipios. Es una bonita y próspera población que condensa como pocas el estilo arquitectónico de las Islas Canarias, amén de sus costumbres y modo de vida. Las casas señoriales de estilo colonial, con elegantes y coloridos balcones de madera, son su sello distintivo, y acoge numerosos y pequeños museos que recogen las tradiciones de las islas.

Salimos de nuevo a la carretera del norte y siguiendo hacia el este nos encontramos otro lugar con encanto: Icod de los Vinos. Población con un interesante, sencillo y cuidado casco antiguo colonial, en el que el blanco de las casas y el color madera de los balcones predomina… y que presume por encima de todos de su drago, el Drago Milenario. Este árbol de una especie tan curiosa –endémica de Canarias, Madeira, Azores y Cabo Verde- es el más antiguo de las Islas Afortunadas y se ha convertido en uno de sus símbolos. Se trata de un gran ejemplar de entre 500 y 600 años que atrae las miradas sorprendidas de los muchos turistas que se dejan ver por Icod.

A pocos kilómetros se encuentra Garachico, otra bonita y tranquila localidad que saca pecho gracias a sus piscinas naturales, su puerto y, sobre todo, su rica historia. Basta con decir que los padres de Simón Bolívar, uno de los héroes de la emancipación americana, nacieron allí.

En la punta noreste, si el conductor se ha atrevido a atravesar una más que preocupante zona de desprendimientos hasta llegar a la recóndita y árida punta de Teno, coronada por su famoso faro, el paisaje nos regala una vista espectacular: la de los Acantilados de los Gigantes, descomunales paredes verticales de hasta 600 metros que mueren en el mar, y que los guanches consideraron en su día el fin del mundo. Bien desde tierra firme o desde cualquiera de los muchos barcos que se acercan a ellos la visión de esta maravilla de la naturaleza es estremecedora.

Más estremecedor resulta todavía hacer la ruta de montaña que conduce a la pequeña villa de Masca, recorriendo una carretera sinuosa y estrecha rodeada de barrancos , que parece diseñada por el mismo demonio y que pondrá los pelos de punta al más pintado. En algunos tramos simplemente no caben dos vehículos a la vez, por lo que si se cruzan uno de los dos debe descender, con el precipicio debajo, hasta llegar a alguna curva que permita el paso. El espectacular y rotundo paisaje que rodea al viajero por todos lados compensa en mi opinión el susto que está obligado a pasar si corre sangre por sus venas.

Tenerife provoca emociones intensas en el viajero, pero nos hemos dejado el plato fuerte para el final: el rey Teide, el monte más alto de España y que a su grandeza une una belleza y originalidad tales que se ha convertido en una cima mítica. Realizar el ascenso hasta él es la mejor experiencia que se puede tener en Tenerife, sin duda: primero atravesando un frondoso bosque de pinos canarios, plagado de miradores por encima de las nubes, para luego alcanzar un desierto de mil colores fruto de la naturaleza caprichosa del volcán que desemboca en el tramo final del coloso. Boquiabierto a cada segundo que pasa, el viajero trata de asimilar la sobredosis de colores y formas originales que devora sus sentidos, sin conseguirlo.

La carretera muere a más de 2.000 metros en la base de la parte alta del Teide, desde donde tocará coger un funicular -si no se quiere ir a pie- para recorrer los últimos cientos de metros y alcanzar casi la cima. Desde allí (habiendo pedido un permiso antes, pues el acceso está controlado) se deberán recorrer, ya a pie, más de 150 metros para alcanzar tras un camino de rocas los 3.717,98 de los que presume el gigante de España en su cima. Parece fácil pero no lo es, ya que a esa altura el oxígeno escasea y el corazón se acelera cada pocos pasos: tanto, que un cartel recomienda parar frecuentemente para no tener un susto cardiaco. Es cierto, ya que notas cómo el corazón se dispara e incluso las piernas flaquean si das tres o cuatro pasos de más.

Pese a todo, no es peligroso tomando las precauciones oportunas, y el premio que espera es descomunal. Tras un último tramo en el que no habría sorprendido encontrarse al demonio, entre gases volcánicos y un fuerte olor a azufre que emana el interior del volcán, se alcanza el punto más alto de España. Coronar su cima provoca una alucinante sensación de plenitud, por  dos motivos: primero, la increíble belleza natural que envuelve al caminante, fruto no sólo del irreal entorno volcánico que le rodea, sino de la visión en un día despejado del mar y las otras islas y en uno más cubierto de la vista de otro mar, el de nubes que abraza la cúspide del gran volcán; y segundo, por esa satisfacción infantil que se siente siempre al alcanzar un lugar límite, un récord nacional, una cota terrestre. Resulta difícil asumir en un lugar como esos que en algún momento te tienes que marchar.

Eso mismo sucede al coger el avión que te devuelve a la Península, una nostalgia inmediata de lo que acabas de vivir y, sobre todo, de sentir. Pero las Canarias están siempre ahí, tan cercanas y diferentes a todo a la vez, y cuando sales de ellas sabes que esa despedida no será nunca un adiós, simplemente un hasta luego.

viernes, 8 de marzo de 2013

Budapest: un placer para los cinco sentidos

Contemplar el grandioso Parlamento, asomarse al Danubio desde el Bastión de los Pescadores o recorrer con la vista la descomunal y legendaria Plaza de los Héroes (o la belleza de alguna chica húngara, perdón por el apunte infantil); recompensar primero el olfato y después el gusto saboreando un exquisito plato tradicional como el gulash; premiar al tacto con un baño de aguas termales y/o un masaje en uno de los numerosos y tradicionales balnearios de la ciudad; o escuchar todo tipo de música, desde la clásica con la que los artistas callejeros regalan el oído del paseante o la moderna, en todas sus manifestaciones (rock, pop, chill-out, rap, dance, hip-hop, electrónica, reggae, trip-hop) , que se puede escuchar en los variados y siempre animados locales de la capital húngara… . Eso nos ofrece Budapest: regalos constantes para nuestros cinco sentidos.
 
Siendo realmente bonita, esta gran urbe no sobresale tanto por su belleza como por la variedad de placeres que ofrece al visitante, quien recompensará todos sus sentidos a nada que decida aprovechar bien su tiempo allí. Podríamos definir Budapest como una ciudad completa, pues sea cual sea el interés del viaje (cultural, arquitectónico, gastronómico o de ocio) resultará difícil quedar decepcionado. Más aún si buscas disfrutar de todas las posibilidades que ofrece la localidad a la vez.
 
La ciudad nació fruto de la unión de dos municipios, Buda y Pest, situados a ambos lados del Danubio, que decidieron anexarse para compartir así sus poderes: la pequeña, montañosa y señorial Buda y la amplia y llana Pest. Pese a sus evidentes diferencias, o quizás gracias a ellas, conforman un conjunto  urbano muy interesante que embellece el gigantesco y popular río que las une.
 
Empezaremos hablando de Buda, que preside sin discusión su majestuoso castillo. Creado en el siglo XV, ha resurgido de sus cenizas una y otra vez sobreviviendo de esa manera a las numerosas batallas que le ha tocado sufrir, la última de las cuales (en la Segunda Guerra Mundial, cuando los nazis se refugiaron allí) le dejó prácticamente en ruinas. Hoy es uno de los principales símbolos de la ciudad gracias a su historia, su magnitud y su fabulosa ubicación.

Recorriendo un poco más Buda llegamos a otro lugar espectacular, el Bastión de los Pescadores, original fortaleza defensiva más moderna de lo que se cree (1902), que cuenta con siete fabulosas torres que representan a las siete tribus fundadoras de Hungría y que también sirve como un fantástico mirador del Danubio y de Pest. Pegada al bastión se encuentra la maravillosa iglesia neogótica de Matías, que resalta gracias a su elegante estructura y gran colorido tanto por dentro como por fuera.
Perderse en las elegantes callejuelas de Buda no será nunca una pérdida de tiempo, aunque se antoje necesaria otra importante visita en esta parte de la ciudad: la subida a la Ciudadela, fortaleza rodeada de un frondoso bosque y coronada por un ángel que, una vez más, regala unas vistas impresionantes. 

Bajamos de la colina, bien a pie o bien utilizando el popular funicular, y llegamos al margen del grandioso río, el Danubio, el segundo más largo de Europa (casi 3.000 kilómetros) y sin duda el más popular del Viejo Continente. Esta inmensa masa de agua cristalina que adorna y embellece la ciudad posee a la altura de la capital húngara una brutal anchura de aproximadamente medio kilómetro, convirtiéndole en protagonista de casi cualquier instantánea que se tome a la urbe. Por supuesto que tanto de día como de noche (gran opción también pues Budapest está fantásticamente iluminada) existe la posibilidad de coger un barco que lo recorra; las vistas son fantásticas, el único problema reside en hacia cuál de las dos orillas mirar.
 
No desmerece al Danubio el magno Puente de las Cadenas (1.853), el más conocido de los pasos que lo atraviesan. Dos leones de piedra lo vigilan a cada lado, y cerca de ellos parten las pesadas cadenas que lo sostienen. Parándote a contemplarlo te sientes insignificante, es sobrecogedora su magnitud (de largo, ancho y alto) pero más aún lo es el aire de grandeza que desprende esta imponente mole, símbolo del fuerte carácter de una ciudad orgullosa, magna y con un rico pasado. Hungría presume de él, y lo puede hacer gracias a los colosales monumentos que luce. 
 
Y como muestra, otro botón. Entrando en Pest y siguiendo la orilla del río no nos será complicado encontrar el Parlamento, descomunal edificio neogótico (de hecho es el más grande del país) construido entre finales del XIX y principios del XX y que nos recordará inevitablemente al de Londres –en el que está inspirado- aunque en otro color: si el británico se caracteriza por su color ocre aquí las paredes son de un blanco radiante y los tejados, entre los que destaca la inmensa cúpula, rojos. Si ya sorprende el elegante exterior también lo hará el interior, con nada más y nada menos que 691 salas plagadas de tesoros y obras de arte. 
 
  La grandeza de Budapest se manifiesta de nuevo adentrándonos en el interior de Buda atravesando una de sus amplias avenidas, la Andrassy -plagada de ricos e imponentes edificios-y situándonos en el centro de la Plaza de los Héroes. Se trata de un mastodóntico espacio urbano circundado por imponentes estatuas de los reyes, gobernantes y héroes del país desde la Edad Media, que dan fe del pasado de esta pequeña nación. Gobierna la plaza el Memorial del Milenio, que acoge las estatuas de los líderes de las siete tribus magiares que fundaron el país en el siglo IX y de otras personalidades de la historia húngara. A la nostálgica Hungría le gusta recordar.
 
Pegado a la plaza está el parque del Retiro húngaro, el Városliget, que sin ser tan bonito como el madrileño resulta un lugar amplio y agradable y posee además dos lugares de gran interés: el original Castillo Vajdahunyad, cuya arquitectura mágica copia la de otros edificios existentes en Hungría, y los populares baños Széchenyi, los más conocidos de la ciudad. Pero el capítulo de los baños húngaros lo dejamos para otro párrafo.
 
Inevitable es al referirse a Budapest no hablar del fuerte sello comunista que ha dejado la ocupación rusa hasta casi ayer, palpable en toda la ciudad en forma de grandes monumentos y anodinos edificios, especialmente en el distrito de Obuda. Pero, al contrario de lo que sucede en otros países como la República Checa o Polonia, en Hungría la gente tiene un carácter mucho menos reservado. Los húngaros son simpáticos y abiertos, rompiendo en parte el tópico referido a la frialdad humana en los países del Este. Además, comunicarse con ellos en inglés resulta sencillo y una opción más asequible que usar el imposible (para nosotros) magiar.
 
En la gran Budapest hay muchos más puntos de interés, entre las que destacaremos la agradable Isla Margarita, situada en el centro del Danubio, edificios monumentales como la Ópera o la Basílica de San Esteban, históricos como la Sinagoga u originales como la Basílica Rupestre, excavada en la roca del Monte Gellért.   

Imágenes: Fotopedia
Pero como esta ciudad no sólo sirve para hacer turismo sino también para vivirla, hablaremos ahora de la Budapest disfrutable. Algo que no se puede separar de sus populares baños públicos, que suponen el pasatiempo favorito tanto de los locales como de los turistas. Gozan de gran tradición no sólo en la capital sino en toda Hungría, sus precios no son elevados y se han convertido en una opción fantástica de relax y socialización. Aguas termales y gélidas, corrientes de distinta fuerza, espacios de diferentes temperaturas, masajes, saunas, piscinas interiores y al aire libre… conforman el mundo de los balnearios y suponen un relajante pasatiempo que no se puede disociar del Hungarian way of life.  Los Széchenyi, más populares y económicos, suponen una muy buena opción (doy fe), así como los más refinados, suntuosos y caros Gellért.
 
Pero en Budapest se puede disfrutar de mucho más: de su afición por la música, como sucede en casi todo el centro y el este de Europa; de su intensa vida nocturna; de su exquisita, abundante y contundente comida, entre la que destaca el sabrosísimo gulash (estofado de ternera , que suele ir acompañado de arroz y ensalada); de una vuelta en sus tradicionales tranvías; de las vistas aéreas y los frondosos bosques que pueblan las colinas de alrededor… y de sus precios económicos, que ayudan a disfrutar la ciudad a tope sin mirar demasiado el bolsillo. ¿Qué más incentivos se pueden tener para visitar la ciudad de los cinco sentidos?

lunes, 18 de febrero de 2013

Teruel: existe... ¡y es bonita!

En la vida en ocasiones no se nos mide por lo que valemos, sino por lo que queremos o sabemos transmitir de nosotros hacia el exterior; en otras palabras, por lo bien que nos vendemos. Muchas veces personas de un talento limitado gozan de una increíble fama, prestigio y repercusión, mientras que otras brillantes pasan desapercibidas por culpa de una mala campaña propagandística.

Esa máxima referida a las personas puede aplicarse perfectamente al mundo del turismo. Hay territorios, lugares y ciudades increíbles que bien por pertenecer a un país o región con menos nombre o fama, bien por culpa de una mala (o inexistente) campaña publicitaria, bien lastrados por un prejuicio o una leyenda urbana sostenidas en el tiempo o incluso por ninguna razón en particular se mantienen indiferentes al interés del viajero medio, que ni siquiera contempla qué atractivos puede tener ese sitio y que no llega ni a imaginar la posibilidad de desplazarse allí.
Uno de esos lugares por los que quiero romper una lanza es la pequeña ciudad de Teruel, que harta de ser tan injustamente ignorada histórica, geográfica y turísticamente tuvo la habilidad de idear un eslogan tan contundente como certero: Teruel existe. La urbe aragonesa sigue sin haber conseguido un importante poder de atracción en nuestro país -y no digamos en el extranjero- , pero al menos la frase ha conseguido su objetivo de llegar a mucha gente y despertar en ellos la curiosidad.

Eso sucedió en mi caso. ¡Algo debe tener Teruel!, pensé. Y me informé mejor sobre qué tenía que ofrecer la capital turolense, consiguiendo las ganas suficientes para animarme a pasar en un fin de semana allí. Y la verdad es que esa decisión resultó un acierto y la ciudad me acabó demostrando que no sólo existe, sino que además es bonita.
Bonita y pese a sus reducidas dimensiones muy rica artísticamente. El aislamiento geográfico, la timidez, la modestia y la pequeñez de Teruel esconden la realidad de que la urbe es con todo merecimiento la bandera del arte mudéjar en España. La ciudad es un auténtico museo de esta expresión artística con la que se combinó de una manera tan peculiar la arquitectura musulmana con la cristiana. El mudéjar -Patrimonio de la Humanidad en la ciudad y en la región aragonesa- regala a este apartado lugar un sello propio, una originalidad y una personalidad que no se ven fácilmente en otras poblaciones de nuestro país. 

Mudéjar aparte, Teruel ofrece un importante patrimonio modernista, un casco histórico tranquilo para pasear, la popular leyenda de los amantes, buen jamón y queso (bien conservados gracias al rigor del clima), veranos frescos y pueblos cercanos de interés como Albarracín, que merece un capítulo aparte. Y además resulta perfecta para una escapada corta ya que se ‘patea’ con facilidad en un par de días o incluso en uno. Son razones suficientes para una visita, ¿no creéis?
Hablaremos sobre todo de las principales muestras de mudéjar que se pueden disfrutar en Teruel, empezando por la originalísima catedral, que no os recordará a ninguna que hayáis visto: su base es mudéjar pero desde su origen en 1171 hasta las modificaciones recientes (de principios del siglo pasado) ha absorbido otros estilos como el plateresco, el gótico, el renacentista, el neoclásico y el modernista en una mezcla magistral. Si por fuera merece la pena por dentro todavía más, destacando la rica techumbre de su nave central.
Si resulta indispensable visitar la catedral qué vamos a decir del conjunto formado por la Iglesia de San Pedro y el anexo Mausoleo de los Amantes. La primera, gótica, llama la atención por su fascinante interior, de estilo modernista  neomudéjar (recuerda a la fantástica Saint Chapelle parisina gracias al color del techo, que remeda un cielo estrellado, y a sus fantásticas vidrieras, y cuenta con un soberbio altar mayor) y por su antigua torre del siglo XIII; la segunda merced a la popular leyenda encerrada en ese gran monumento funerario de sólido alabastro que llega a estremecer a causa del sentimiento que desprende: los amantes parecen unidos de la mano pero no lo están como símbolo del amor que nunca llegó a culminar.
¿Vamos con la leyenda, no? Eso sí, de manera resumida. Corre el siglo XIII cuando Juan Martínez de Marcilla e Isabel de Segura se conocen y se enamoran, ya desde niños, en la capital turolense. Pasa el tiempo y el hombre pretende casarse con la mujer, pero la familia de ella no le acepta al carecer éste de bienes. Juan parte a la guerra con el fin de enriquecerse y hacerse merecedor a su amada, logrando que se le conceda un año para regresar a Teruel y así poder casarse con Isabel… pero el año transcurre y el pretendiente no vuelve, así que su amada se casa con otro. Muy poco después Juan vuelve y pide un beso a Isabel, que se lo niega al ya estar desposada, y el joven muere de dolor. En el funeral que se celebra un día más tarde la mujer, arrepentida, acude al féretro y posa sus labios sobre los del muerto, falleciendo en ese mismo instante junto a él. Así, de esta manera trágica, acaba esta romántica y triste leyenda antigua con protagonistas reales -Juan e Isabel existieron- que ha situado en el mapa a una ciudad que sin embargo va mucho más allá de esta popular historia.
“Enamorarse es un deporte de riesgo en Teruel”, recuerdo que nos dijo el guía con el que visitamos la población. Y es que la de los amantes no es la única leyenda de amor y desgracia surgida en tiempos antiguos en la fría ciudad aragonesa. Contaremos una más, la de las torres de San Martín y del Salvador. Los encargados de ambos proyectos, los arquitectos mudéjares Omar y Abdalá, se enamoraron de la misma mujer, Zoraida, y pasaron de amigos a rivales. Ambos pidieron la mano de la chica al padre, y éste sentenció que se la concedería al que antes acabase su respectivo proyecto. El más rápido fue Omar, que convocó a toda la población turolense en el día del estreno de la torre creyendo que tenía asegurado su matrimonio con Zaida. Sin embargo, al destapar el trabajo y retirar el andamiaje constató que la torre, pese a ser muy bella, estaba claramente torcida. Tal fue su desazón que subió a lo alto de la misma y se arrojó al vacío. El amor de Zaida acabó siendo para el que tuvo menos prisa, Abdalá. Ambas torres, fabulosas, lucen hoy en día en Teruel junto con la de la Catedral, la de San Pedro y la de la Merced y rivalizan por llamar la atención del visitante. Realmente las cinco merecen la pena y honran merced a su imaginación decorativa no exenta de armonía el no siempre valorado arte mudéjar.
Las torres dan un sello distintivo a la pequeña Teruel, que también llama la atención del visitante por la magna y fabulosa escalera que da acceso al casco histórico. De más reciente construcción (1920-21) y de estilo -no podía ser de otra manera- neomudéjar, supone una grandiosa puerta de entrada al centro de la ciudad si bien no es la única, ya que existen numerosos accesos en la bien conservada muralla medieval que rodea el núcleo turolense.
El principal lugar de reunión y celebración de la villa, el punto de más vida de esta tranquilísima ciudad, es la plaza del torico -así se llama popularmente a la Plaza Mayor-, un  agradable espacio público porticado que, como no podía ser de otra manera en Teruel, está acompañado de una leyenda. Cuenta la misma que a finales del siglo XII los caballeros cristianos, tras haber doblegado a los moros, buscaban un lugar donde asentarse en la zona, y decidieron construir una ciudad allí donde se abatiese un animal. Un toro apareció un día (en el lugar en el que se halla hoy la plaza) bajo la luz de la estrella Actuel, y los caballeros decidieron darle muerte para posteriormente quedarse allí. De ese modo nació Teruel, cuyo nombre procede de la mezcla de Tor (toro) y uel (la estrella).

Leyendas aparte -prometo que es la última que cuento- la plaza también encierra interés artístico debido a su peculiar forma triangular, a la minúscula estatua del toro que la preside y al levantamiento de algunos interesantes edificios modernistas en derredor. Y como no todo va a ser leyenda y arte, os recomiendo que tomemos un descanso y nos quedemos de tapeo en la Plaza Mayor (lo de mayor es un decir) de Teruel, mejor en primavera o verano para no congelarse. El jamón y el queso son algunas de las especialidades de una zona que cuenta también con numerosos poderes gastronómicos, como sucede prácticamente en toda España.

La capital del sur de Aragón es una ciudad bonita, tranquila y agradable, rica en historia y arte, capital mundial del mudéjar, profusa en leyendas, fresca en verano, atractiva gastronómicamente. Considero que es una pena que no haya alcanzado la fama que se merece, pero en este reportaje he hecho lo que he podido por ella y sus numerosas virtudes. Os recomiendo una escapada a Teruel: doy fe de que existe… ¡y de que además es bonita!

viernes, 8 de febrero de 2013

Lot: armonía medieval en un lugar de cuento

Si pudiéramos pedir a la carta un lugar en el mundo a muchos nos vendría a la cabeza una tranquila comarca plagada de pueblos medievales magníficamente conservados enclavados en paisajes increíbles, que gozase de un clima agradable y presumiera de una fantástica gastronomía.

Ni estamos hablando de ficción ni nos referimos a la Hobbiton de El Señor de los Anillos, sino a un espacio real que además no queda demasiado lejos. Se trata de la increíble región de Lot, ubicada en el suroeste de Francia, una maravillosa provincia que combina como ninguna tierra las bondades antes descritas -arquitectura, naturaleza, clima y comida- y que conquista el corazón del viajero desde el primer segundo hasta el último.
En los cinco días que pasé allí, recorriendo todo lo que pude y más de la zona , llegué a la conclusión de que no se puede poner ni una sola pega a ese mundo de cuento, que es imposible encontrarle un sólo defecto: si acaso, que es demasiado perfecto. En cualquier momento esperas molestarte por culpa de alguna grúa que afee la panorámica de un pueblo, pasar por delante de una casa mal conservada, ver alguna basura que estropee el cuadro de un paisaje, escuchar un ruido que rompa un momento zen o probar un plato que no te acabe de convencer. Pero nada: la belleza y armonía de Lot no tienen ni una fisura.

Para tratar de pintar el cuadro empezaremos por el paisaje, una ordenada y agradable amalgama de prados verdes, campos de labor (viñedos, trigales…), pequeños bosques de árboles bajos y suaves lomas rota de vez en cuando por la presencia de impresionantes y escarpados cañones de roca caliza que imprimen un sello característico a la zona. A sus pies a menudo discurren amplios ríos de agua cristalina, que adornan todavía más la obra de arte que significa Lot.
La provincia es además una especie de queso de gruyere, pues consta de numerosísimas cuevas que componen un grandioso mundo subterráneo complementario al que está por encima. La más espectacular, sin duda alguna, es la Sima de Padirac, sin discusión la cueva natural más impresionante en la que he estado en mi vida. Es bonita como pocas, con formaciones rocosas de una imaginación que sólo puede ser fruto de la naturaleza, está fantásticamente iluminada e incluso goza de un pequeño río que se atraviesa en barca durante el recorrido, pero su mayor poder es su magnitud: 103 metros de altura y 32 de diámetro, que acaban de golpe con la sensación opresora que a veces se siente en una gruta. Durante la visita se explora más de un kilómetro de los ¡40! que tiene la descomunal red de túneles. La pega, la que suele darse en otros lugares famosos: la masificación turística, lo que no permite disfrutar la cueva tal y como se merece. De cualquier manera, imprescindible su visita si algún día viajáis a Lot.

Me he perdido en la sima de Padirac y toca ahora centrarse en otra de las grandes bazas de la zona, sus maravillosos pueblos. La mayoría de ellos son sencillos y carecen de grandes construcciones arquitectónicas pero se encuentran increíblemente conservados y cuidados. Con homogéneas casas de piedra de tejado rojo, a menudo rodeados por pequeñas murallas y encuadrados en lugares privilegiados, generan la atmósfera de fantasía medieval que se respira en Lot. La visita a cualquiera de ellos será un acierto, pero vamos a resaltar tres: Rocamadour, Saint-Cirq Lapopie y Loubressac.
El más conocido –merecidamente- de ellos es Rocamadour. Destaca por su espectacular emplazamiento, colgado de una grandiosa pared vertical de roca en la que se funde y por la que trepa hasta el castillo que lo domina. No es la única joya arquitectónica de la población, que cuenta además con un fantástico santuario del que resalta la iglesia de Notre Dame, hogar de la conocida Virgen Negra. Las fabulosas vistas desde lo alto del cañón de 120 metros de altura, el sabor medieval de su pequeña calle principal (plagada de tiendas de artesanía, adornada con numerosos carteles de hierro y circundada por arcos de piedra) y la presencia de una bonita cueva con pinturas rupestres completan la oferta de un municipio que no parece haber perdido su esencia pese a la llegada del turismo. Más bien lo ha sabido integrar de una manera sabia.

También maravilloso, aunque por otras razones, es Saint-Cirq Lapopie, pueblo de nombre muy cursi que sin embargo resulta tan bonito que se acaba disculpando su refinado apelativo. No tan popular fuera de su nación, en el país galo se le ha nombrado como ‘pueblo más bonito de Francia’, lo que es mucho decir. Quizás no conste de ningún monumento de especial interés a excepción de una gran iglesia y las ruinas de un castillo, pero la belleza de su uniforme casco histórico -en el que sus casas rivalizan en magnitud y grandeza- y, sobre todo, de su ubicación (en un alto plagado de verde que domina a la vez el cañón, la campiña y el río que corre a sus pies) lo convierten en un lugar mágico.
Otra villa increíble pese a no gozar de la fama de Rocamadour o de Saint-Cirq Lapopie es Loubressac, que para mí supuso la típica sorpresa positiva que casi siempre acaba deparando un viaje: un pueblo de juguete, magníficamente cuidado, amurallado y situado en una apacible loma arbolada desde la que se contempla una grandiosa llanura. Sus múltiples torres de cuento, sus minúsculas calles empedradas y sus casas, a menudo acompañadas de pequeños jardines y adornadas con hojas, hacen de este pequeño municipio otra poderosa razón más para visitar Lot.

Se podría hablar con detalle de muchísimos más pueblos de la zona –Carennac, Autoire-, del peculiar Museo de lo Imposible que encontramos en plena carretera o del sumo interés que encierra la visita a municipios más grandes como Cahors, capital de la zona y lugar de emplazamiento del famoso puente Valentré (patrimonio de la Humanidad), o Figeac, con un gran legado artístico-cultural y poseedor de una réplica de la piedra Roseta, pero el reportaje acabaría pecando de denso.
El buen clima de la zona, suave y soleado, suele hacer todavía más agradable la visita, que puede resultar inmejorable gracias a la prestigiosa gastronomía francesa: variada, exquisita y de sabores que a menudo combinan aunque parezca contradictorio suavidad e intensidad. Los precios, sin ser bajos, no resultan ni mucho menos exagerados, por lo que sería un pecado mortal no comer aunque fuera una vez en un buen restaurante de la región. El vino de Cahors, el azafrán, la nuez, la ciruela, el cordero, el queso y el imprescindible foie gras son las especialidades de la zona.

Paisaje, gastronomía y pueblos resultan los tres grandes poderes de esta preciosa provincia gala, un cercano lugar en el mundo perfecto para viajes en pareja, con amigos o incluso en soledad siempre que se tome la visita de una forma relajada. A quien quiera discotecas y bullicio no se le ha perdido nada allí; quienes busquen la desconexión y la paz en un entorno increíble encontrarán todo lo que necesitan en la tranquila y armoniosa Lot.