lunes, 31 de marzo de 2014

La peculiar sociedad islandesa

El grado de avance social que se vive y se disfruta en Islandia ha convertido al país en un ejemplo en muchísimos ámbitos para el resto del planeta, que mira a esta pequeña nación nórdica con una mezcla entre sorpresa y envidia. Lo demuestran numerosos detalles de los que solo citaré unos cuantos: la cantidad de delitos es ínfima, la policía municipal no cuenta con armas de fuego, la nación no posee ejército propio, la gente deja sin problemas sus pertenencias al alcance de cualquiera, el teléfono del presidente (que reside en una casa de Reykjavik y no tiene escolta) se encuentra en la guía de teléfonos como el de cualquier otro ciudadano, la afición de los islandeses a la lectura es inmensa (e incluso uno de cada diez escribe un libro), el paro muy bajo pese a la crisis y los derechos sociales innumerables.
La fuerza de la democracia es allí tan poderosa y el peso de la masa social tan elevado que la sociedad islandesa consiguió hace unos pocos años la dimisión del gobierno del país en bloque, la encarcelación de los responsables de la crisis, la nacionalización de la banca, la celebración de un referéndum para que el pueblo decidiera acerca de cuestiones económicas trascendentales y la reescritura de la constitución por parte de los ciudadanos. Y todo ello al estilo puramente islandés: de manera pacífica.
Y es que el pacifismo es otra de las claves del buen funcionamiento de la sociedad islandesa. Hace escaso tiempo se ofrecía la noticia de que por primera vez en la historia la policía de este país había acabado con la vida de una persona, en un caso además de defensa propia, y que los agentes tuvieron que requerir de asistencia psicológica por parte de profesionales para superar el trauma. Este dato demuestra hasta qué punto está concienciado este país ejemplar en la búsqueda de la paz. Si no hiciera tanto frío darían ganas de desplazarse hasta allí lo antes posible...

jueves, 6 de marzo de 2014

De pintxos por Vitoria

Foto: eltenedor.es
Si eliminamos su condición de ciudad fría –es apodada con sorna Siberia-Gasteitz-, es complicado encontrar en España una ciudad más completa que Vitoria, considerada una de las urbes con una mayor calidad de vida en nuestro país. Es fácil comprenderlo nada más poner un pie en ella y dar un simple paseo.
   Sus virtudes son muchas, más allá de la simpatía y cercanía habitual de sus ciudadanos: cómoda, relativamente pequeña, con un buen nivel de vida, bonitos espacios naturales a sus alrededores, limpia, plagada de áreas verdes, con una importante vida cultural, festiva y de ocio, agradable y animada pero sin dejar de ser tranquila, con un casco histórico muy interesante y una larga historia a sus espaldas.  Pero, siendo todo eso cierto, es muy difícil que no llame la atención al visitante el que es quizás el principal poder de la capital vasca: su exquisita gastronomía.
   Por eso, en toda visita a Vitoria se hace imprescindible una ruta de pintxos. Aunque sobre gustos no hay nada escrito los expertos consideran que en los últimos años la calidad de estos ha llegado a ser incluso superior a la que presentan los de otras urbes como San Sebastián, Bilbao o Pamplona. Y en mi modesta opinión considero (capital navarra aparte, pues no he probado los pinxtos de allí) que es cierto.
   A la extraordinaria calidad y variedad de las materias primas –y de los vinos que pueden servir para acompañarlos- se une una gran imaginación a la hora de prepararlos en las cocinas de las decenas de establecimientos de calidad que hay en torno al casco viejo vitoriano (especialmente en torno a la Plaza de la Virgen Blanca y alrededores). Todos los visitantes quedarán satisfechos, desde el clásico que apuesta por una buena tortilla de patata o una rebanada de jamón ibérico con pimiento –entre los que yo me hallo- hasta el innovador que gusta de catar experimentos gastronómicos más arriesgados pero que logran funcionar, mezclando en un mismo pintxo sabores en teoría antagónicos y diversos pero que acaban combinando a la perfección. 
 

martes, 18 de febrero de 2014

Sidi Bou Said y Chefchaouen: dos hermanos separados


Ambos viven en el Norte de África, pero en países diferentes. Uno en Túnez, otro en Marruecos. Uno tiene a sus pies el luminoso Mediterráno;  el otro se enclava, a media altura, en plena cadena del Rif; el aire del mayor es algo más mundano, interior, con sus modestas viviendas de color tierra a las alrededores; el del pequeño es más refinado, anexo a una urbanización de lujo y un coqueto puerto deportivo; ambos presumen de su amplia historia y de su fantástico estado de conservación.

1456 kilómetros y casi un día entero de viaje en coche les separan, pero su sangre azul y blanca les hermana, haciéndolos tan semejantes a los ojos del ajeno como, en cierta manera, las naciones a las que pertenecen. Rivalizan, sin saberlo, en belleza y en atractivo, más aún cuando sus poderes son similares: la fuerza radiante de sus colores, tan intensos que llegan a hacer daño a la vista en un día soleado; sus labradas puertas de color azul; la calma que se respira al pasear por sus cuidadísimos y pequeños cascos históricos; sus escaleras empinadas e irregulares, sus callejones, sus cuestas; la calma relativa de sus inevitables zocos. Son un oasis de paz y tranquilidad en sus respectivos y caóticos países, su nota discordante y, sin embargo, posiblemente la más hermosa.

Son Sidi Bou Said, en Túnez, y Chefchaouen, en Marruecos.

lunes, 10 de febrero de 2014

San Sebastián: la perfección cuesta lo suyo






Subiendo al Monte Igueldo y contemplando desde allí la espectacular playa de la Concha, la ciudad que nace en su misma orilla y los montes que la circundan uno tiene la sensación de que está ´viviendo´ una postal. Es la postal de San Sebastián, una de las ciudades españolas más bonitas tanto por su casco urbano como por su entorno y, sin duda, la más elegante y cuidada de todas ellas. Tanto que parece un municipio que por estética encajaría más en Francia –de la que sólo le separan 20 kilómetros- que de nuestro país.
La perfección existe en San Sebastián, o casi. Sus playas limpias y de arena fina, enclavadas en un paisaje espectacular (especialmente la de La Concha, aunque Zurriola también se encuentra en un lugar agradable); su paseo marítimo amplio, cuidado y plagado de flores.. y de palacetes y hoteles de lujo; la limpieza de sus calles, su bonita catedral neogótica del Buen Pastor; el verde que todo lo rodea; sus alrededores plagados de monte, por los que realizar senderismo y desconectar; su casco histórico, un lugar perfecto para degustar unos ricos pintxos y escapar de tanto orden y tanta calma; el ambiente agradable, de alegría tranquila, que se respira…
Demasiado perfecta. Hay que buscarle algún defecto, más allá del tópico (real, eso sí) del mal tiempo que hace en ocasiones y que puede llegar a arruinarte un fin de semana o unas vacaciones allí (por fortuna, Internet ha minimizado el riesgo). Es el precio que los donostiarras deben pagar por disfrutar de ese espectacular paisaje pintado de verde.
Por desgracia, el mayor lunar que presenta Donosti para el visitante medio es la realidad de que se trata de una ciudad elitista económicamente. Su nivel de vida es elevado, y los precios suben con él. Aparcar resulta caro, la gastronomía y el alojamiento también -especialmente en verano-. La vida es cara en San Sebastián, y no hay demasiadas opciones para los presupuestos ajustados. Es el precio de la (casi) perfección.

viernes, 19 de abril de 2013

Yucatán: Caribe y cultura milenaria

Si, es cierto que se ha convertido en un espacio un tanto artificial por culpa del turismo de masas, al que contribuí yo también al alojarme en el mejor hotel en el que he estado en mi vida, un megacomplejo de siete restaurantes, dos piscinas, selva propia y playa privada en pleno Mar Caribe. Pero también es verdad que se comprende la razón de tanto poder de convocatoria. La península mexicana del Yucatán, apodada con el cursi apelativo de ‘La Riviera Maya’, presume de unas playas espectaculares, de arena fina y blanca y agua azul turquesa, y del inmenso, impresionante y extensísimo legado arqueológico que ha dejado una de las mayores civilizaciones que ha conocido la Humanidad: los mayas.

Son las dos principales armas de esta increíble zona del Sureste mexicano, pero no las únicas: la exquisita comida, la densa selva que lo invade todo, los increíbles cenotes (lagos de agua subterránea), las ciudades coloniales (Valladolid, Mérida), la extensa oferta de ocio tanto de relax como de aventura, el sol que nunca descansa, las aldeas que te reencuentran con el verdadero México, la hospitalidad y simpatía de la gente -en algunos casos forzada para sacar algún que otro peso-, la extensísima, colorida y peculiar (para un europeo, claro) fauna tanto terrestre como marina, el lujo al alcance a un precio razonable… son motivos de sobra para comprender el gran poder de atracción de este lugar. 

¿Cuál es la pega, entonces? Pues la que suele haber en los espacios tan frecuentados: la pérdida de identidad cultural, la masificación, la concentración de turistas que sólo piensan en bebida y playa, la sensación de ‘parque de atracciones’, el excesivo peso del dinero, el deterioro de inmensas áreas naturales para construir megahoteles… Todo eso provoca que el visitante medianamente inquieto necesite salir del Disneyworld en el que se ha convertido el Yucatán y acercarse al México real. Pero todo tiene una solución: si alquila un coche, como fue mi caso, tendrá en su mano conocer mucho más de cerca la esencia de este maravilloso país de habla hispana, personalidad única y riquísima cultura.

Vamos a dejar de lado los supercomplejos hoteleros para acercarnos a lo realmente valioso de la Península del Yucatán. Empezando por la cultura azteca, que ha dejado allí joyas en forma de las colosales ciudades de Chichén Itzá, Cobá o Tulum, que no se pueden dejar de visitar. La bonita y fantásticamente conservada Ek Balam es otro extraordinario lugar, así como la grandiosa Uxmal.

Chichén Itzá es uno de los espacios históricos más conocidos del mundo, un área gigantesca en medio de la selva plagada de templos increíblemente conservados que nació en el siglo VI d.C. en honor al dios Kukulcán, quien preside el sitio. La palabra “impresionante” se queda corta para definir qué se siente al pasear inmerso en el vivo rastro de una civilización tan rica, tan poderosa, tan importante en la historia de la humanidad. Por desgracia el “momento zen” se suele interrumpir cada dos por tres por culpa de algún grupo de turistas haciendo el tonto o a causa de las llamadas de una multitud de vendedores más pesados que una vaca en brazos. Es el precio que hay que pagar por encontrarse en uno de los sitios más populares del mundo… De cualquier manera, imprescindible la visita a Chichén Itzá, de la que destacan el Templo de Kukulcán, el de las Mil Columnas y el estremecedor Cenote Sagrado, gigantesco agujero en la tierra que vio en el pasado miles de sacrificios a los dioses. 

Cobá no es tan popular ni mucho menos como Chichén Itzá, pero presume de ser más auténtico. Escondido en medio de una frondosísima selva que abarca hasta donde alcanza la vista, es otro enorme vestigio arqueológico plagado de templos. No está prácticamente reconstruido, el entorno natural en el que se encuentra se ha mantenido intacto y la afluencia de público es relativamente escasa, lo que le otorga una mayor sensación de realidad. Subir a su pirámide principal y contemplar desde lo alto las ruinas de esa increíble civilización escondidas en el frondoso bosque fue quizás lo más emocionante de lo mucho emocionante que viví en México.

La trilogía de visitas arqueológicas se cierra con Tulum, que sin llegar al valor arqueológico y la extensión de las dos ciudades anteriores presume en cambio de encontrarse en un lugar privilegiado: a orillas del famoso Mar Caribe, que baña las ruinas generando un cuadro impresionante que aúna belleza natural y arqueológica como en ningún sitio que recuerde. Otra experiencia increíble fue bañarse en el agua azul verdosa de una playa de arena blanca y fina con un templo maya a la vista asomándose al mar. Y eso sólo se puede conseguir en Tulum. Por cierto, el lugar está plagado de iguanas, curiosos y tranquilos animales (a los ojos de un europeo) que se mueven calmadamente entre las ruinas o toman el sol como si nada fuera con ellos. A más de uno le generan aprensión; a mí me resultaron muy simpáticos.

El intenso calor se hace sentir a todas horas, incluso aunque sea invierno. Por eso, la mejor manera de refrescarse (en lugar de esperar a que caiga sobre ti una impresionante tormenta tropical) es bañándose en las lagunas de uno de los miles de cenotes que han convertido esta Península en un queso de gruyere. Empezaremos por definir lo que es cenote, una depresión geográfica -en maya significa “caverna con agua”-, y acabaremos por señalar que la mayoría de ellos están enclavados en entornos mágicos con características comunes: agua cristalina y fresca, exuberante vegetación, rotundas rocas verticales alrededor y una iluminación especial. Bañarse en uno de ellos, o en varios, genera una increíble sensación -por la temperatura y la belleza del entorno- y refresca al viajero para volver a enfrentarse con ganas al calor de México. El más conocido es el de Ix-Kil, cerca de Chichén-Itzá, pero hay muchísimos para elegir en el Yucatán.

Una manera de acercarse al México real, algo que en ocasiones se echa en falta en esta región, es visitando una ciudad con historia, como puede ser el caso de Mérida o de Valladolid. En estas alegres y vivas urbes se puede de verdad conocer el modo de vida mexicano, acercarse a sus costumbres o contemplar su arquitectura colorida tanto en las calles como en las iglesias. Paseándolas se reencuentra uno con la esencia del país que tan escondida está en la Riviera Maya. 

Cancún, por supuesto, no tiene nada que ver. Es un municipio moderno, turístico, hiperpoblado (sobre todo, de extranjeros y mexicanos con dinero) y sin encanto histórico aunque con muchos atractivos para los hedonistas: playas gigantescas, casinos, discotecas, yates… hablando de barcos, desde allí parten cruceros hasta la cercana y agradable Isla Mujeres, que supone una buena excursión de menos de una hora.     

No podemos dejar de lado la obligación de hacer buceo en México. Acostumbrado a ver ‘cuatro sardinas’ en el Mediterráneo o el Atlántico, quien observa el mundo submarino por primera vez en el Caribe se encuentra ante otro planeta: un maravilloso “collage” de peces de mil colores y tipos pueblan los cristalinos fondos, que a su vez lucen todavía más gracias al atrayente verde fosforito de la barrera de coral. El espectador se sumerge, nunca mejor dicho, en un mundo onírico que jamás ha imaginado por mucho documental que haya podido ver antes y del que no quiere salir. Otro de los millares de momentos mágicos que ofrece una visita al Yucatán.

También se puede hacer buceo en los conocidos Xcaret o Sel-ha, especie de megaparques de atracciones acuáticos que cuentan con la peculiaridad de que dan al mar y que ofrecen múltiples posibilidades de ocio (incluida la típica, nadar con delfines), salir de marcha en ciudades modernas y turísticas como Playa del Carmen, recorrer en un jeep Sian-Kan, vasta y semidesierta reserva de la naturaleza plagada de manglares y playas, atravesar la poblada selva o acercarse a las pequeñas aldeas que te reencuentran con el pasado, con los orígenes de los que a veces reniega, por culpa del poder del dinero, esta zona de México. O disfrutar de la comida, que recuerda en parte a la mediterránea: sana, sabrosa, con predominancia del pan, la carne, la verdura y la fruta… aunque con el gusto por el picante tradicional en este país. Así es esta maravillosa región que tiene prácticamente de todo y que despierta los sentidos del visitante a cada segundo.


domingo, 31 de marzo de 2013

Tenerife: todas las Islas Canarias en una


 
12 reportajes ya en este blog y no había hablado aún de las maravillosas Islas Canarias, un crimen que no dejaré pasar una semana más.  Esta Comunidad Autónoma española rodeada de Atlántico por todos lados es una región especial, mágica, tan diferente a todo en la Península y por otro lado tan nuestra, que puede presumir además de una personalidad propia, de un sello diferencial. Desde que visité las Islas Afortunadas (qué nombre tan apropiado) por primera vez ya he estado allí en cinco ocasiones, y las que me faltan. Desde el primer momento me engancharon las Canarias, con las que me une desde entonces no una vinculación familiar ni cultural, sino un lazo mucho más importante aún: el emocional.

Es difícil llegar a las Canarias y no encariñarse con ellas: sus paisajes imposibles modelados por el vulcanismo, su inmensa variedad natural, sus especies endémicas, sus playas repletas de vida, su arquitectura colonial, sus papas con mojo, su eterno clima de verano suave, su música relajante,su tranquilidad y alegría. Y, sobre todo, su gente, que es también parte del fantástico patrimonio del que pueden presumir las islas. Gente tranquila, bondadosa, sencilla, que mira siempre la vida con calma y una sonrisa en la cara; gente que te hace sentir como en casa, que transmite siempre un modo de ver la vida envidiable para el peninsular (o godo, como nos llaman los isleños). Sumergirte en las Canarias supone así bajar las revoluciones, relativizar los problemas y mirar la vida con optimismo, aunque sea por unos días: un efecto tila que genera endorfinas, en definitiva.

Mi puerta de entrada a las islas fue Tenerife, y resultó un acierto la elección: esta ínsula, la mayor del archipiélago, es todas las Canarias en una, pues concentra y sintetiza en su paisaje, clima, arquitectura y gente todas las virtudes de las también maravillosas islas que la rodean. Su corona de reina de las Canarias (perdón a los grancanarios) la pone el grandioso Teide, el monte más alto de España, que vigila y domina a las otras islas y al Océano Atlántico por encima de un casi perpetuo mar de nubes.

Sin embargo no se puede dejar de lado la realidad de que no todo en Tenerife es perfecto, como en cualquier lugar. La cara sur de la isla resulta estéticamente fea -un amplio, aburrido y anodino escenario de color terroso- y el turismo de masas y la especulación urbanística en algunas partes han alterado su esencia y deteriorado su entorno.

Quedémonos mejor con lo bueno, con todo lo increíble que esta isla tiene que ofrecernos. Dejaremos de lado, eso sí, la mitad sur de la misma, una inmensa masa de tierra y piedra de color marrón que conforma un paisaje anodino, seco y sin interés. Si acaso citaremos las buenas playas del suroeste -Las Américas, Los Cristianos-, que están plagadas de alemanes, ingleses y megaestructuras hoteleras; las supuestamente antiguas pirámides de Güimar, que resultan ser un fraude pues su origen data simplemente del siglo XIX; y alguna localidad costera interesante y agradable como es el caso de Candelaria, donde se encuentra la patrona de las Islas Canarias. Tampoco nos detendremos demasiado en la capital, Santa Cruz de Tenerife, un amplio municipio costero que no llama la atención ni por bonito ni por feo aunque cuente, como toda capital que se precie, con numerosos puntos de interés: la Plaza de España, el Auditorio, museos, iglesias y playas cercanas…

Pero vamos con lo realmente interesante a mi juicio (y al de muchos) de la isla: la cara norte, que gracias a su diferente clima –la gran barrera del Teide resulta decisiva- presenta un aspecto totalmente diferente al sur: una frondosa vegetación que forma suaves lomas, que siempre con el gigante vigilando descienden hacia el revuelto Atlántico. Dragos (el símbolo de las Canarias), plataneras, tabacaleras, cactus y diversidad de especies vegetales y campos de cultivo pintan de verde el paisaje de la preciosa zona norte tinerfeña.  

Empezamos nuestra visita norteña dando un paseo por La Laguna, antigua capital del país y cuya belleza, historia y armonía sonrojan a la cercanísima Santa Cruz. Se trata de un municipio agradable y tranquilo, prácticamente llano, empedrado y plagado de casas de colores de estilo colonial que recuerdan inevitablemente a Hispanoamérica (muchas veces se tiene esa sensación en las Canarias). San Cristóbal de La Laguna, núcleo urbano más antiguo del Tenerife merced a sus 500 años de vida y Patrimonio de la Humanidad es un perfecto lugar para una vuelta relajada y contiene además muchos edificios de interés cultural tales como la Catedral, la Iglesia de la Concepción, el museo de la Ciencia y el Cosmos y el de la Historia, El Palacio de Nava, la Plaza del Adelantado, el Santuario San Francisco de Venara o sus numerosas casas señoriales.

Salimos de La Laguna y cambiamos de tercio, pasando de una ciudad interesante a la naturaleza salvaje que desborda la Península de Anaga, al noreste de Tenerife. Se trata de un área increíblemente frondosa y montañosa, envuelta a menudo en una densa niebla, que además se mantiene prácticamente virgen al no haber caído en las redes del turismo. Sólo algunas poblaciones pequeñas aparecen en el exceso de paisaje de una zona perfecta para realizar senderismo entre la montaña y el mar.

Nuestro siguiente destino, yendo hacia el oeste, es el Puerto de la Cruz, agradable población de tamaño mediano que no ha perdido su encanto pese a su fuerte poder de atracción turística. Pegado al mar, en lo más bajo del suave aunque inmenso descenso de color verde desde el rey Teide, es un municipio que mezcla de una manera equilibrada el urbanismo moderno y el antiguo, la vanguardia y la tradición, su carácter canario con la influencia foránea. El casco viejo, las fortificaciones defensivas, el puerto o el Loro Parque son algunas de sus atracciones, pero su mayor baza es Playa Jardín, una bonita ensenada de arena negra custodiada por un mar de vegetación. La mejor playa de Tenerife en mi opinión, por el lugar en sí y por sus bonitas vistas.

Un poco más arriba se encuentra La Orotava, que da nombre al valle que acoge ambos municipios. Es una bonita y próspera población que condensa como pocas el estilo arquitectónico de las Islas Canarias, amén de sus costumbres y modo de vida. Las casas señoriales de estilo colonial, con elegantes y coloridos balcones de madera, son su sello distintivo, y acoge numerosos y pequeños museos que recogen las tradiciones de las islas.

Salimos de nuevo a la carretera del norte y siguiendo hacia el este nos encontramos otro lugar con encanto: Icod de los Vinos. Población con un interesante, sencillo y cuidado casco antiguo colonial, en el que el blanco de las casas y el color madera de los balcones predomina… y que presume por encima de todos de su drago, el Drago Milenario. Este árbol de una especie tan curiosa –endémica de Canarias, Madeira, Azores y Cabo Verde- es el más antiguo de las Islas Afortunadas y se ha convertido en uno de sus símbolos. Se trata de un gran ejemplar de entre 500 y 600 años que atrae las miradas sorprendidas de los muchos turistas que se dejan ver por Icod.

A pocos kilómetros se encuentra Garachico, otra bonita y tranquila localidad que saca pecho gracias a sus piscinas naturales, su puerto y, sobre todo, su rica historia. Basta con decir que los padres de Simón Bolívar, uno de los héroes de la emancipación americana, nacieron allí.

En la punta noreste, si el conductor se ha atrevido a atravesar una más que preocupante zona de desprendimientos hasta llegar a la recóndita y árida punta de Teno, coronada por su famoso faro, el paisaje nos regala una vista espectacular: la de los Acantilados de los Gigantes, descomunales paredes verticales de hasta 600 metros que mueren en el mar, y que los guanches consideraron en su día el fin del mundo. Bien desde tierra firme o desde cualquiera de los muchos barcos que se acercan a ellos la visión de esta maravilla de la naturaleza es estremecedora.

Más estremecedor resulta todavía hacer la ruta de montaña que conduce a la pequeña villa de Masca, recorriendo una carretera sinuosa y estrecha rodeada de barrancos , que parece diseñada por el mismo demonio y que pondrá los pelos de punta al más pintado. En algunos tramos simplemente no caben dos vehículos a la vez, por lo que si se cruzan uno de los dos debe descender, con el precipicio debajo, hasta llegar a alguna curva que permita el paso. El espectacular y rotundo paisaje que rodea al viajero por todos lados compensa en mi opinión el susto que está obligado a pasar si corre sangre por sus venas.

Tenerife provoca emociones intensas en el viajero, pero nos hemos dejado el plato fuerte para el final: el rey Teide, el monte más alto de España y que a su grandeza une una belleza y originalidad tales que se ha convertido en una cima mítica. Realizar el ascenso hasta él es la mejor experiencia que se puede tener en Tenerife, sin duda: primero atravesando un frondoso bosque de pinos canarios, plagado de miradores por encima de las nubes, para luego alcanzar un desierto de mil colores fruto de la naturaleza caprichosa del volcán que desemboca en el tramo final del coloso. Boquiabierto a cada segundo que pasa, el viajero trata de asimilar la sobredosis de colores y formas originales que devora sus sentidos, sin conseguirlo.

La carretera muere a más de 2.000 metros en la base de la parte alta del Teide, desde donde tocará coger un funicular -si no se quiere ir a pie- para recorrer los últimos cientos de metros y alcanzar casi la cima. Desde allí (habiendo pedido un permiso antes, pues el acceso está controlado) se deberán recorrer, ya a pie, más de 150 metros para alcanzar tras un camino de rocas los 3.717,98 de los que presume el gigante de España en su cima. Parece fácil pero no lo es, ya que a esa altura el oxígeno escasea y el corazón se acelera cada pocos pasos: tanto, que un cartel recomienda parar frecuentemente para no tener un susto cardiaco. Es cierto, ya que notas cómo el corazón se dispara e incluso las piernas flaquean si das tres o cuatro pasos de más.

Pese a todo, no es peligroso tomando las precauciones oportunas, y el premio que espera es descomunal. Tras un último tramo en el que no habría sorprendido encontrarse al demonio, entre gases volcánicos y un fuerte olor a azufre que emana el interior del volcán, se alcanza el punto más alto de España. Coronar su cima provoca una alucinante sensación de plenitud, por  dos motivos: primero, la increíble belleza natural que envuelve al caminante, fruto no sólo del irreal entorno volcánico que le rodea, sino de la visión en un día despejado del mar y las otras islas y en uno más cubierto de la vista de otro mar, el de nubes que abraza la cúspide del gran volcán; y segundo, por esa satisfacción infantil que se siente siempre al alcanzar un lugar límite, un récord nacional, una cota terrestre. Resulta difícil asumir en un lugar como esos que en algún momento te tienes que marchar.

Eso mismo sucede al coger el avión que te devuelve a la Península, una nostalgia inmediata de lo que acabas de vivir y, sobre todo, de sentir. Pero las Canarias están siempre ahí, tan cercanas y diferentes a todo a la vez, y cuando sales de ellas sabes que esa despedida no será nunca un adiós, simplemente un hasta luego.

viernes, 8 de marzo de 2013

Budapest: un placer para los cinco sentidos

Contemplar el grandioso Parlamento, asomarse al Danubio desde el Bastión de los Pescadores o recorrer con la vista la descomunal y legendaria Plaza de los Héroes (o la belleza de alguna chica húngara, perdón por el apunte infantil); recompensar primero el olfato y después el gusto saboreando un exquisito plato tradicional como el gulash; premiar al tacto con un baño de aguas termales y/o un masaje en uno de los numerosos y tradicionales balnearios de la ciudad; o escuchar todo tipo de música, desde la clásica con la que los artistas callejeros regalan el oído del paseante o la moderna, en todas sus manifestaciones (rock, pop, chill-out, rap, dance, hip-hop, electrónica, reggae, trip-hop) , que se puede escuchar en los variados y siempre animados locales de la capital húngara… . Eso nos ofrece Budapest: regalos constantes para nuestros cinco sentidos.
 
Siendo realmente bonita, esta gran urbe no sobresale tanto por su belleza como por la variedad de placeres que ofrece al visitante, quien recompensará todos sus sentidos a nada que decida aprovechar bien su tiempo allí. Podríamos definir Budapest como una ciudad completa, pues sea cual sea el interés del viaje (cultural, arquitectónico, gastronómico o de ocio) resultará difícil quedar decepcionado. Más aún si buscas disfrutar de todas las posibilidades que ofrece la localidad a la vez.
 
La ciudad nació fruto de la unión de dos municipios, Buda y Pest, situados a ambos lados del Danubio, que decidieron anexarse para compartir así sus poderes: la pequeña, montañosa y señorial Buda y la amplia y llana Pest. Pese a sus evidentes diferencias, o quizás gracias a ellas, conforman un conjunto  urbano muy interesante que embellece el gigantesco y popular río que las une.
 
Empezaremos hablando de Buda, que preside sin discusión su majestuoso castillo. Creado en el siglo XV, ha resurgido de sus cenizas una y otra vez sobreviviendo de esa manera a las numerosas batallas que le ha tocado sufrir, la última de las cuales (en la Segunda Guerra Mundial, cuando los nazis se refugiaron allí) le dejó prácticamente en ruinas. Hoy es uno de los principales símbolos de la ciudad gracias a su historia, su magnitud y su fabulosa ubicación.

Recorriendo un poco más Buda llegamos a otro lugar espectacular, el Bastión de los Pescadores, original fortaleza defensiva más moderna de lo que se cree (1902), que cuenta con siete fabulosas torres que representan a las siete tribus fundadoras de Hungría y que también sirve como un fantástico mirador del Danubio y de Pest. Pegada al bastión se encuentra la maravillosa iglesia neogótica de Matías, que resalta gracias a su elegante estructura y gran colorido tanto por dentro como por fuera.
Perderse en las elegantes callejuelas de Buda no será nunca una pérdida de tiempo, aunque se antoje necesaria otra importante visita en esta parte de la ciudad: la subida a la Ciudadela, fortaleza rodeada de un frondoso bosque y coronada por un ángel que, una vez más, regala unas vistas impresionantes. 

Bajamos de la colina, bien a pie o bien utilizando el popular funicular, y llegamos al margen del grandioso río, el Danubio, el segundo más largo de Europa (casi 3.000 kilómetros) y sin duda el más popular del Viejo Continente. Esta inmensa masa de agua cristalina que adorna y embellece la ciudad posee a la altura de la capital húngara una brutal anchura de aproximadamente medio kilómetro, convirtiéndole en protagonista de casi cualquier instantánea que se tome a la urbe. Por supuesto que tanto de día como de noche (gran opción también pues Budapest está fantásticamente iluminada) existe la posibilidad de coger un barco que lo recorra; las vistas son fantásticas, el único problema reside en hacia cuál de las dos orillas mirar.
 
No desmerece al Danubio el magno Puente de las Cadenas (1.853), el más conocido de los pasos que lo atraviesan. Dos leones de piedra lo vigilan a cada lado, y cerca de ellos parten las pesadas cadenas que lo sostienen. Parándote a contemplarlo te sientes insignificante, es sobrecogedora su magnitud (de largo, ancho y alto) pero más aún lo es el aire de grandeza que desprende esta imponente mole, símbolo del fuerte carácter de una ciudad orgullosa, magna y con un rico pasado. Hungría presume de él, y lo puede hacer gracias a los colosales monumentos que luce. 
 
Y como muestra, otro botón. Entrando en Pest y siguiendo la orilla del río no nos será complicado encontrar el Parlamento, descomunal edificio neogótico (de hecho es el más grande del país) construido entre finales del XIX y principios del XX y que nos recordará inevitablemente al de Londres –en el que está inspirado- aunque en otro color: si el británico se caracteriza por su color ocre aquí las paredes son de un blanco radiante y los tejados, entre los que destaca la inmensa cúpula, rojos. Si ya sorprende el elegante exterior también lo hará el interior, con nada más y nada menos que 691 salas plagadas de tesoros y obras de arte. 
 
  La grandeza de Budapest se manifiesta de nuevo adentrándonos en el interior de Buda atravesando una de sus amplias avenidas, la Andrassy -plagada de ricos e imponentes edificios-y situándonos en el centro de la Plaza de los Héroes. Se trata de un mastodóntico espacio urbano circundado por imponentes estatuas de los reyes, gobernantes y héroes del país desde la Edad Media, que dan fe del pasado de esta pequeña nación. Gobierna la plaza el Memorial del Milenio, que acoge las estatuas de los líderes de las siete tribus magiares que fundaron el país en el siglo IX y de otras personalidades de la historia húngara. A la nostálgica Hungría le gusta recordar.
 
Pegado a la plaza está el parque del Retiro húngaro, el Városliget, que sin ser tan bonito como el madrileño resulta un lugar amplio y agradable y posee además dos lugares de gran interés: el original Castillo Vajdahunyad, cuya arquitectura mágica copia la de otros edificios existentes en Hungría, y los populares baños Széchenyi, los más conocidos de la ciudad. Pero el capítulo de los baños húngaros lo dejamos para otro párrafo.
 
Inevitable es al referirse a Budapest no hablar del fuerte sello comunista que ha dejado la ocupación rusa hasta casi ayer, palpable en toda la ciudad en forma de grandes monumentos y anodinos edificios, especialmente en el distrito de Obuda. Pero, al contrario de lo que sucede en otros países como la República Checa o Polonia, en Hungría la gente tiene un carácter mucho menos reservado. Los húngaros son simpáticos y abiertos, rompiendo en parte el tópico referido a la frialdad humana en los países del Este. Además, comunicarse con ellos en inglés resulta sencillo y una opción más asequible que usar el imposible (para nosotros) magiar.
 
En la gran Budapest hay muchos más puntos de interés, entre las que destacaremos la agradable Isla Margarita, situada en el centro del Danubio, edificios monumentales como la Ópera o la Basílica de San Esteban, históricos como la Sinagoga u originales como la Basílica Rupestre, excavada en la roca del Monte Gellért.   

Imágenes: Fotopedia
Pero como esta ciudad no sólo sirve para hacer turismo sino también para vivirla, hablaremos ahora de la Budapest disfrutable. Algo que no se puede separar de sus populares baños públicos, que suponen el pasatiempo favorito tanto de los locales como de los turistas. Gozan de gran tradición no sólo en la capital sino en toda Hungría, sus precios no son elevados y se han convertido en una opción fantástica de relax y socialización. Aguas termales y gélidas, corrientes de distinta fuerza, espacios de diferentes temperaturas, masajes, saunas, piscinas interiores y al aire libre… conforman el mundo de los balnearios y suponen un relajante pasatiempo que no se puede disociar del Hungarian way of life.  Los Széchenyi, más populares y económicos, suponen una muy buena opción (doy fe), así como los más refinados, suntuosos y caros Gellért.
 
Pero en Budapest se puede disfrutar de mucho más: de su afición por la música, como sucede en casi todo el centro y el este de Europa; de su intensa vida nocturna; de su exquisita, abundante y contundente comida, entre la que destaca el sabrosísimo gulash (estofado de ternera , que suele ir acompañado de arroz y ensalada); de una vuelta en sus tradicionales tranvías; de las vistas aéreas y los frondosos bosques que pueblan las colinas de alrededor… y de sus precios económicos, que ayudan a disfrutar la ciudad a tope sin mirar demasiado el bolsillo. ¿Qué más incentivos se pueden tener para visitar la ciudad de los cinco sentidos?